Y el Todopoderoso nos hizo dioses…


No hay evento más magnifico sobre el planeta, leía alguna vez, que no sea el haber tenido a Dios mismo, caminando entre nosotros.

Dios no solo creó a la humanidad, Dios se hizo una familia y como Padre, nos tomó como suyos desde el principio. Aquel Padre, que no abandona nunca, que es rico en fidelidad y amor y que permanece eterno en esta condición; primero se hizo hombre para que entendiéramos su amor y después dejó entre nosotros Su esencia: Su espíritu.

Dios al encarnarse en María, lo que hizo fue engendrar su naturaleza divina en la humanidad, y es gracias al “Hágase en mi” de María que la vida sobrenatural y divina de Dios pudo entrar al mundo convirtiendo al hombre en una criatura nueva.

Al consumar éste acontecimiento, Dios no dudó en deshacerse de todo lo que es; bajó del cielo, se hizo hombre y permitió con su venida, que los caídos reconstituyéramos nuestra naturaleza perdida.

Él sabía que para que alcanzásemos la santidad a la que estábamos llamados, debíamos poseer su naturaleza, pero para ello, tenía que de alguna manera hacerse dueño de nuestros corazones para depositar en ellos esa perfección de su ser, su espíritu y que todo esto se consiguiera respetando siempre nuestra libertad de elegirlo.

Dios siempre eterno, omnipotente, todopoderoso, se despoja de todo y toma la carne y la sangre de una mujer, se hace hijo, se hace niño; toma nuestra pequeñez, se somete a las leyes de la naturaleza y del tiempo; y Dios, se pone al cuidado de un padre y de una madre humanos.

Siendo en el universo lo más santo, sagrado y poderoso, queda al cuidado de esos dos padres limitados en recursos y en conocimiento, y así, con una misión que no les alcanzaba en el cuerpo ni en el corazón, teniendo al todopoderoso entre sus manos, José y María asumen la misión más grande que haya habido en toda la tierra, el cuidado de Dios.

Haciéndose hombre, como diría Santo Tomas, quiso hacer dioses a los hombres. Es algo que me quita el aliento y me pone de rodillas.

Se somete a la muerte, al dolor extremo y franquea todo tipo de sufrimientos: el desprecio, el abandono, el odio, la tortura, la burla, la traición, el pecado que, aunque ajeno, era cargado sobre su propia carne.

Dios hecho carne, da su último aliento sobre la cruz, mostrándonos que el verdadero amor es aquel que se entrega y tras aquel suplicio, al tercer día ni bien despuntaba el alba, Dios ya estaba nuevamente con nosotros haciendo una nueva declaración de amor: que en su historia, el abandono no existe, que la fidelidad es su rasgo más supremo. Vuelve a la vida para entregarnos lo inmerecido, el cielo y la eternidad.

Llegado el momento de partir de manera definitiva al Padre, nos advierte, que esperemos atentos, que aún debe enviarnos el Paráclito, el Espíritu Santo, para que nos recordara todo lo que hizo mientras estuvo en la tierra, para que a través de los años, su vida, pasión y muerte se replicara una y otra vez hasta la eternidad. Para que recordemos que lo eterno recogió lo perecedero, para hacerlo eterno.

Cincuenta días después de su ascensión a los cielos y de haber hecho esta promesa, estando reunidos en oración con María su madre, los apóstoles suyos, sus más fieles discípulos, aquellos que le eran suyos, recibieron la promesa esperada:

“De repente vino del cielo un ruido, como una impetuosa ráfaga de viento, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Entonces quedaron todos llenos de Espíritu Santo […]” (Hch 2,2-4)

Y aquella promesa entró intempestivamente en aquel lugar, tomando violentamente sus corazones. Aquí estaba la gran promesa, esto es finalmente lo que nos hace imagen y semejanza de Dios, la presencia de Su espíritu en nosotros. Es el bautizo que recibimos de fuego, tan anunciado por Juan el Bautista en el Jordán cuando dice que alguien más poderoso que Juan vendría a bautizarlos y que su bautizo no sería con agua, ¡sino con el Espíritu Santo y el fuego! (Lc 3, 16)

Esta es la presencia del Dios vivo, “El Padre y el Hijo que hacen morada en nosotros”, que vienen cuando permanecemos en Cristo, cuando guardamos su palabra. (Jn 14, 23)

Esta es la presencia que transforma nuestra naturaleza herida por el pecado, que sopla vientos de sabiduría en nuestro interior, que destapa nuestros oídos, abre nuestros ojos, ilumina nuestro entendimiento y ensancha nuestros corazones llevándonos a la perfección de nuestra naturaleza, ahora humana y a la vez divina. Esta es la esencia que nos hace justos a los ojos de Dios, la presencia del amor ardiente de Su Espíritu divino.

El Espíritu de Dios, una vez recibido en condiciones, empieza a tener una conversación íntima con quien lo recibe. Las sombras son iluminadas, la aridez y el frio de la vida reciben el calor de su presencia y el terreno de nuestros corazones es transformado en terreno fértil para poder entender los secretos de la naturaleza divina que hemos heredado.

Lorena Moscoso

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