¿Por qué Dios no escucha mis oraciones?

Actualizado: 13 de nov de 2020


Una de las cosas que nos causa gran decepción, es que nos inciten a orar y al hacerlo no conseguir lo que esperamos. ¿Qué sentido tiene entonces mi oración si con muchísima probabilidad Dios no responderá a mis pedidos?

La Biblia nos habla sobre la oración de principio a fin y todo lo que nos dice tiene un gran valor para entender cómo debemos orar. Personalmente creo que sí existe una fórmula para que Dios atienda nuestras súplicas y quiero compartir lo que he podido aprender sobre la oración.

Invocar al Espíritu Santo

Jesús nos asegura lo siguiente: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá (…) ¡Si ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuanto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!” (Lucas 11, 9-13). También nos asegura todo esto en otras partes de la Biblia como cuando dice “Les aseguro que todo lo que pidan en mi nombre yo lo haré” (Juan 14, 14); o cuando dice “Todo lo que pidan en oración con fe, lo alcanzarán” (Mateo 21, 22).

El pasaje que quise destacar nos habla del amor y voluntad de Dios por querer estar presente y proveernos de todo lo que necesitamos. Noten que este pasaje no solo nos alienta a pedir por nuestras necesidades, sino que también nos revela que, para orar debemos pedir la asistencia del Espíritu Santo pues es quien se adelanta hacia Dios para pedir sabiduría, para saber qué y cómo pedir. De modo que, debemos primeramente invocar al Espíritu Santo para dirigirnos a Dios en toda ocasión. Los siguientes pasajes nos hablan de “abandonar” todas nuestras peticiones en Sus manos sabiendo que de todo se ocupará El para nuestro mejor provecho, entendiendo que abandonar significa dejarlo todo en la oración.

Orar siempre

Otra de las pautas que nos revela la Sagrada Escritura en palabras de San Pablo es que debemos “orar sin cesar” (Tesalonicenses 17-18). Si no oramos continuamente, no alcanzamos esa familiaridad de Padre e hijo con Dios, no crecemos espiritualmente y no aprendemos a dirigir adecuadamente nuestras oraciones. Orar de forma continua nos hace ser verdaderos hijos de Dios. Lo hacemos partícipe de nuestra vida, aprendemos a hablar su lenguaje y podemos sentir su presencia.

Pensemos en la relación de amigos, de qué manera uno va apoyándose en el otro, confiándole su historia, cómo se escuchan y aconsejan, y así caminando juntos se establece un vínculo. Los amigos se conocen cada día más, son capaces de anticipar tantas cosas. Esto pasa en todo tipo de relaciones personales, entre novios, esposos, hermanos, etc. Con Dios ocurre lo mismo, orando siempre, nos sabemos amados, mimados, correspondidos.

Aprender a pedir

Este último punto me lleva a lo siguiente, la cercanía con Dios nos ayuda a saber qué y cómo pedir. La Carta de Santiago nos dice: “Ustedes no tienen, porque no piden. O bien, piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones”. (Santiago 4, 2-3)

Vean la importancia de todo aquello que hasta aquí hemos apuntado. Primero, Jesús nos asegura que recibiremos todo lo que en oración pidamos, pero debemos aprender a pedir, primero la asistencia del Espíritu Santo, pero no podemos acercarnos a Dios solo en nuestras necesidades, debemos ser amigos íntimos de Dios, ser verdaderos Hijos que caminan de la mano de su Padre. Debemos hablar continuamente con El, cuantas veces podamos en el día.

Aprendamos a rezar el Rosario, vayamos creciendo con pequeñas oraciones que nos ayudan cada día, a veces un simple “Gracias Padre mío, yo también te amo” es una manera bellísima de mirar a Dios con el corazón en medio de nuestras vidas tan ocupadas. Rezando con frecuencia aprendemos a adentrarnos cada vez más en este diálogo personal y amoroso con Dios, a dar nuevos pasos cada día, con un sin fin de frases y oraciones que nos hacen levantar el corazón hasta el cielo y nos ayudan a transformar nuestras vidas.