¿Puede el dolor ayudarnos a dar más frutos?

Actualizado: hace 3 días




Es fácil fluir en gratitud cuando nos pasan cosas buenas, cuando sentimos que nos va bien en todo lo que hacemos y cuando consideramos que nuestra vida es referente de éxito: profesión exitosa, estabilidad económica, pareja estable, hijos sanos… Pero, ¿qué pasa cuando las cosas cambian, cosas que no esperábamos que nos pudieran pasar?, ¿cuándo nos encontramos con un quiebre que revela nuestras vulnerabilidades y nos angustiamos por perder aquella vida “color rosa”? Dice una frase muy conocida que debemos aprender a bailar bajo la lluvia, ¿qué significa bailar bajo la lluvia para los cristianos?, ¿por qué deberíamos alegrarnos de que nos toque una lluvia más fuerte?


Si estás leyendo estas líneas hoy es porque tienes en ti una semilla del amor de Dios y esa semilla, con el debido cuidado, se convertirá en algo maravilloso para el Reino de Dios (Mateo 13:31-32). Es así que todos somos llamados a dar fruto (Lucas 6:20). A veces la forma en que llegamos a nuestro máximo potencial, es decir, para que nuestra semilla de fruto, es a través de una lluvia apacible, otras veces tenemos que atravesar una tormenta, aunque no nos guste. Es posible que nuestra semilla necesite una mayor saturación de humedad en el suelo y para eso debemos atravesar lluvias más intensas y largas, pero cuando pasa la tormenta la humedad nos dura más y nuestra semilla rápidamente se convierte en una planta que da fruto.

¿Cómo funciona este proceso? Cuando pasamos por tribulación, es decir, nos patean el tablero, nos damos cuenta de que no somos capaces de controlar nuestra vida, menos aún las circunstancias que atravesamos ni el comportamiento de las personas que nos rodean por más cercanas que sintamos que son. No estar en control nos golpea el ego, nos arrebata de las manos el timón de la vida, nos despoja de aquellas muletas a las que nos hemos aferrado para basar nuestra identidad y nuestro valor como persona (como el dinero, éxito profesional, posición social, aspecto físico, etc.). Entonces nos quebramos, nos damos cuenta de que en realidad somos débiles, que nos asusta la oscuridad de la tormenta, nos sentimos zarandeados por vientos huracanados que nos llevan a lugares que jamás imaginamos llegar, rincones de lamento, desanimo, amargura, rencor, ira. Y nos parece injusto, aún más si nos hemos mantenido fieles a la Palabra de Dios.


Sin embargo, Dios nos hace una promesa maravillosa, Él estará con nosotros. No debemos tener miedo (Isaías 41:10), Él no envía sufrimiento a nuestras vidas con el propósito de causarnos dolor, sino que el dolor ocasiona en nosotros un cambio en el corazón y la mente. Cuando nos rendimos ante Dios, renunciamos a todo control y entendemos que no necesitamos nada más que Su presencia en nosotros, le damos el lugar que le corresponde a Él y eso es lo que permite nuestro crecimiento espiritual. Cuando reconocemos nuestra debilidad, Él se manifiesta en nosotros (2 Corintios 12:10) y nos llena de Su amor en las situaciones más dolorosas. Solamente Dios puede poner gozo en nuestras vidas en medio de los problemas, en medio de la traición, en medio del duelo y de la muerte, porque así podemos llegar a entender que la felicidad y la llenura del espíritu no provienen de las circunstancias sino de Él. Únicamente así podemos asimilar que la vida no se trata de ser felices bajo estándares humanos de felicidad, sino que se trata de caminar con Él, porque cuando estamos con Dios todo es para bien (Jeremías 29:11).


Quiero orar por ti, porque puedas encontrar en nuestro Señor y Salvador, las fuerzas que necesitas para seguir caminando (Isaías 40:29). Oro porque puedas armarte de valentía para enfrentar toda situación (2 Timoteo 1:7) y que tu sonrisa en medio del lamento sea el testimonio vivo del amor de Dios para todas las personas a tu alrededor, aunque leerlo suena más fácil que hacerlo en la vida real, quiero decirte que es posible, con Jesús todo es posible (Filipenses 4:13).


Gracias a Él hoy estoy escribiendo estas palabras y tú las estás leyendo. Te confieso que este fue el año más difícil y doloroso en mi vida, pero al mismo tiempo ha sido el año en el que he pasado más tiempo de rodillas ante Dios y he sentido más que nunca que mi vida y mi familia están en Sus manos. Él ha trabajado en mi fe, mi confianza, mi paciencia, mi disciplina, mi compromiso y mis dones espirituales. Te animo a que puedas intentarlo, no es el camino mas fácil, pero es el más seguro. Está lleno de amor y de milagros, de gozo y paz, y lo más importante es la recompensa de estar en la eternidad al lado del Padre.

¡Alabado sea nuestro Señor y Salvador! ¡Aleluya!

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